Un servicio para la paz

Colombia lleva varias décadas de violencia durante las cuales se han entrelazado muchísimas discusiones y debates en torno a la paz.

La paz en el campo colombiano con desarrollo y construcción de un tejido social es un objetivo deseable, al que creo, ningún colombiano se opone. La paz tiene muchas miradas en el recorrido de lograrla, en las negociaciones, en los planteamientos que pueda tener la sociedad civil, los gremios, los actores de la violencia, la clase política, pero sobre el objetivo último de alcanzar la paz es difícil encontrar opositores.

Estas son algunas de las reflexiones que vinieron a mi mente en la reunión que tuvimos la semana pasada en Armenia con los 25 extensionistas que fueron preseleccionados para personificar al Profesor Yarumo. Todos tienen historias de vida y contribuciones asombrosas a sus comunidades, que son el fiel reflejo del aporte a la paz, el servicio a ella que hace todos los días el servicio de extensión de la Federación Nacional de Cafeteros, compuesto por más de mil 500 hombres y mujeres que se identifican por su camiseta amarilla y que visitan las veredas más apartadas de casi 590 municipios de Colombia.

Es un servicio compuesto por diferentes elementos, todos constitutivos de paz. El servicio de transformación productiva, llevando programas, tecnología, nuevas variedades, conocimiento a los campesinos cafeteros con el interés único del servicio. Pero no es solo eso: es también un servicio comunitario y social, dirigido a atender integralmente a la familia cafetera y a fortalecer el capital social de las comunidades. Los extensionistas de la Federación no solo son técnicos también son amigos, consejeros, humanos, contribuyendo a desarrollar la acción colectiva y la convivencia. 

Cometiendo de antemano el error de no detallarlos a todos, puesto que es imposible en un breve artículo, ilustro estos juicios con algunos ejemplos. Se me viene a la mente Elifelet Garay, extensionista que lidera en la Serranía del Perijá proyectos productivos para comunidades de desplazados que retornaron a sus parcelas. También Johny Díaz, quien en los Montes de María contribuye a que los campesinos encuentren en el café una forma de sustento y de construcción de capital social. Helmer Pino, extensionista del Cauca quien es además especialista en cuencas hidrográficas y fortalece el trabajo de las comunidades de ese departamento en temas medioambientales. Él lo vive: “el que ama, no contamina el ambiente”.

Trabajo que también desarrolla Marcos Minú en el Huila, para no hablar de los trabajos grupales y de dinamización de comunidades que realizan Eider Toro en Risaralda, Luis Alberto Narváez en Tolima o Aquilino López en Boyacá. Son personas que visitan las zonas más apartadas, e incluso complejas en términos de orden público, y que son siempre respetadas por las comunidades porque son actores fundamentales para el desarrollo. Por mi cabeza sumo las acciones de paz de Heriberto, Franklin, Jhon Jairo y Sigifredo del Valle, de Luis Fernando y Margarita del Quindío. Adiciono la fe en el trabajo de Yomar y Heber del Huila, de Daniel de Caldas y de Dionisio, Wilson y Leonardo de Cundinamarca. 

Credito
Carlos A. Uribe

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