Ei siquiera como beneficio de la duda, en el Tolima debatimos si la teoría bidimensional del desarrollo es cierta, relativa o ilusoria, omisión que puede ser inercial o correlacionarse con la decadencia mental, pero igual asunto en el que insisto desde distintos ángulos por creerlo crucial para edificar una honesta e integral visión estratégica del futuro tolimense; aludo al aún dominante enfoque de desarrollo, fundado en el pensamiento neoliberal, plutocrático, centralista, hegemónico y excluyente y el siempre eludido enfoque regional, fundamentado en la descentralización, la territorialidad, la autonomía y la inclusión social. El absolutismo es inaceptable en cualquier enfoque, pues ambos deben coexistir en sincronía para permitir los necesarios y complejos contrapesos ideológicos, políticos y éticos propios del desarrollo.
Carezco de elementos de juicio para juzgar si en el Tolima existe o no, auténtica ambición de progreso, pues si bien la palabra desarrollo es utilizada asiduamente, no conozco definición alguna de tal concepto que haya sido acordada y compartida para permitirle a los tolimenses saber de qué se habla cuando tal vocablo se pronuncia y por ello, en vez de ser una acepción cultural, tal vocablo es solo un eufemismo o muletilla de anárquico significado. Así entonces, por falta de claridad sobre cuál es el fin superior a alcanzar, la denominada “visión 2050” es fábula y la auténtica visión del desarrollo tolimense seguirá subyaciendo porque las fuerzas del atraso le impedirán surgir, justamente porque ellas se oxigenan de una ambigua y falsaria idea de progreso y de futuro que usan para sostener sus posiciones de poder que les asegura prebendas que, para los tolimenses en general, son inobjetables y crecientes perjuicios.
Retomo la ley de causalidad porque siendo verdad que el Tolima va a la deriva por no existir fuerzas transformadoras guiadas por una lógica propia del desarrollo y a cambio permitimos que enraizara esa politiquería regresiva que se camufla en el paisaje cotidiano para sumarse a las causas y no a la solución de los agudos problemas que sufrimos y, como “vaca muerta”, impide al Tolima marchar hacia la prosperidad. Por ausencia de contrapeso teórico sobre el desarrollo, esa degenerativa mutación arruinó la calidad de opinión pública, debilidad que aprovechan los pseudo dirigentes para soslayar el examen de las causas de los problemas y esgrimir solo los problemas en sí mismos, porque estos pueden ordeñarse con verbosidades majaderas para obtener fotos y votos. Así es como viene agigantándose el círculo vicioso de la decadencia tolimense, que será imparable hasta cuando decidamos esclarecer sus causas para abrirle paso a tiempo del empoderamiento autonómico y progresista.
Economicismo, frágil espíritu crítico y autocritico, ninguna identidad y más razones, impiden que técnicos y burócratas acepten las ciencias sociales como fuente moral e ideológica para construir el futuro y, a su vez, la ninguna influencia de las ciencias sociales en la contribución de la sociedad civil a la visión del futuro, facilita a los actores económicos y “políticos” seguir relegando al antropocentrismo como fin supremo del desarrollo y, por ello, el pragmatismo miope seguirá siendo la única guía del futuro. Mi tesis, sin audiencia, indica que las ideas de construcción social de región (ciencias sociales) sugerirían al Tolima cual debe ser su modelo económico, pues el mero economicismo origina asimetría, exclusión, uso ilícito del erario y más ignominias que causan apatía ciudadana por lo público, incivilidad, abstención electoral y más efectos nocivos que motivan quejas, más no desvelo por saber cuáles son sus causas.
Cuando mi justificado escepticismo se insufla, pienso que nuestra dirigencia, social, política y económica (excusen que generalice), carece de una visión superior del desarrollo regional, pues nuestro día a día solo muestra preocupaciones por propósitos y problemas pequeños, desvelos tal vez bienintencionados, pero que no corresponden a una exaltada perspectiva de modernidad; de madurez cultural; de implosión del espíritu emprendedor tolimense; de infraestructura plena y moderna; de industrialización y agro industrialización; de formación de capital tolimense para apalancar crecimiento económico, progreso real y calidad de vida; de eficiencia en los servicios públicos; del imperio de la ciencia y la tecnología; de la defensa y apropiación de los recursos naturales; de la primacía del territorio verde. Por ausencia de ambiciones sanas, nuestra cotidianidad se reduce a lamentos y continua crítica a problemas que son secuelas del atraso y no a entender y eliminar las causas del atraso mismo.
De lo dicho en la primera parte concluyo en que el pasado tolimense no es el mejor referente para pensar su futuro dado el incuestionable legado de atraso e incertidumbre que estamos sufriendo y, por ello, la disciplina que podría aclarar horizontes y acercar certezas de mejores días es la futurología. Solo la decadencia mental y moral explica por qué el tiempo electoral, ahistòrico, cortoplacista y sofístico, sustituyó al tiempo histórico como norte para pensar y construir un Tolima para todos y no solo para individuos de ideas cortas y codicias largas.
Por deber histórico y con fundamento en las ideas y prácticas que direccionaron, territorial, social, económica y políticamente al Tolima en los pasados años, en la manera como hoy se direcciona y en la dura realidad del presente, convendría realizar un objetivo, descarnado y amplio debate para extrapolar y describir con detalle, cómo será la realidad que, en 50 años, 1974, como adultos vivirán los niños de hoy y los que nacerán en la década presente y, desde luego, anticipar a esa realidad, que auguramos funesta y afrentosa, una visión de futuro que inspire y oriente a legítimos lideres, que posibilite la voluntad de corregir errores del pasado, que exija trazar una perfectible hoja de ruta para el largo y que suscite férrea unidad política o liderazgo colectivo, virtud esencial para construir la nueva historia de los tolimenses.
Aunque falso, existe el mito de que el avestruz esconde la cabeza en la tierra ante cualquier amenaza, forma insólita de escapismo que parece algunos tolimenses utilizan para disimular su talante pilatesco frente a cualquier juicio sobre las causas y causantes del evidente atraso que sufre el Tolima, escapismo que ocultan culpando al único gobierno nacional que, en los últimos cuarenta años, ha encarado las grandes reformas que exigen los colombianos para así impedir que afloren los innegables porqués del trastorno mental, moral y estructural que ancló al Tolima en el pasado y le impide zarpar hacia el futuro.